Orlando Salgado

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Un clavo más al ataúd de la democracia

UN CLAVO MÁS AL ATAÚD DE LA DEMOCRACIA


Las monarquías absolutas y el feudalismo de un antaño no muy lejano fueron el resultado del triunfo avasallante de la ambición humana, con culturas que además de estar a su servicio, construyeron un emporio alimentado por las diferencias de raza, sangre y color. Luego cedieron terreno a la democracia —fortaleza de la república— debido al inconformismo latente de la clase media rodeada de incertidumbre, miedo y sin futuro. “Todos somos iguales” fue la sentencia inspirada en la naturaleza humana y que le dio vida a esta forma social de gobierno.


El profundo sentido de la igualdad vino con la república y pronto se vio traicionado por el resurgimiento de la clase política oligárquica, que retornó a las viejas prácticas, concentró el poder y la riqueza a expensas del desarrollo tecnológico y científico, y creó una sociedad insaciable e incontrolable por el consumo de lujos y extravagancias que reclaman grandes cantidades de dinero; de inmediato los grupos terroristas hicieron presencia en las grandes capitales del mundo, para demostrar su descontento y anunciar que tenían el dedo listo en el interruptor para presentar en sociedad las armas químicas y nucleares.


En Colombia, la desmedida intolerancia de esta misma oligarquía dio al traste con una visión liberal progresista que abogaba por la clase más vulnerable; el asesinato del caudillo Jorge Eliécer Gaitán precipitó al país a una lucha sin cuartel, las guerrillas liberales y comunistas emigraron a la selva, pronto perdieron su norte y se dejaron contaminar por las mafias del narcotráfico; entró en escena el paramilitarismo, que suplantó la ineptitud del gobierno para combatir a los violentos y generó un drama de proporciones mayores con desplazamientos, masacres, crímenes, guerra y terror.


En el año 2002, Álvaro Uribe Vélez fue elegido presidente de nuestra república e inició una persecución sin precedentes al comando central de las FARC, más motivado por pasadas venganzas con este grupo que por restablecer un estado social de derecho; en ocho años de gobierno se vio impotente para aniquilarlos. Le correspondió el turno a Juan Manuel Santos, su exministro de defensa, ahora presidente, quien las invitó a negociar La Paz que se firmó el pasado 26 de septiembre y lo hizo merecedor de ganar el Premio Nobel de la Paz.


De nuevo la desgastada clase política de ultraderecha, salpicada por permanentes escándalos de corrupción, abuso de poder, conformación de grupos ilegales y fortalecida por el pírrico triunfo del “NO” del plebiscito celebrado el 2 de octubre del año anterior, invitó a una tercera marcha nacional para el primero de abril del presente año, como protesta ante las políticas sociales y económicas del también debilitado gobierno de turno, con un discurso mediado por el odio y el rencor, en el que las mentiras llevaron a los incautos a caer en el campo de la distorsión de la realidad.


Esta cita la lideró el hoy congresista Álvaro Uribe Vélez, quien, golpeado en su orgullo por el galardón entregado a su rival de turno, goza de un pasado no ejemplar como jefe de estado y tiene temor por la inminente pérdida de escaños en el Congreso de la República y en la burocracia estatal, debido al nuevo movimiento que pisa con fuerza el escenario político nacional de cara a las elecciones del 2018. Para la marcha se hizo acompañar del destituido exprocurador Alejandro Ordóñez, a quien el Consejo de Estado le encontró irregularidades en su reelección, y quien con su fundamentalismo religioso hace eco en los pastores cristianos y evangélicos, genera conflicto y despoja a los seres humanos de algunos derechos que la misma madre naturaleza les ha otorgado; el otro Sancho fue Fernando Londoño, a quien la Procuraduría General de la República lo inhabilitó para ejercer cargos públicos durante quince años por encontrarlo culpable de abuso de poder y de prevaricato contra un juez de ejecución de penas.


Esta nueva convocatoria de la derecha fundamentalista y guerrerista, con arengas como “Pedimos la renuncia del presidente Santos”, que no hizo daño por su escasa participación, fue una vergüenza, un descrédito a las intenciones de este movimiento político y un clavo más al ataúd de la democracia.