Orlando Salgado

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¿Quién hiere el planeta?

¿Quién hiere el planeta?


Para que nuestro planeta reclamara su lugar en el espacio sideral, fue necesario que el universo aflorara espontáneamente a partir del Big Bang (Gran explosión), hace 13.700 millones de años, dando lugar al hidrógeno y con él, al resto de elementos confeccionados a partir de las supernovas, pioneras de la arquitectura del sistema solar y de las semillas de la vida.


El polvo cósmico que quedó después de moldeado el sol fue suficiente para diseñar la tierra y sus planetas hermanos con la participación de la gravedad. A partir de este momento, hace 4.500 millones de años, su historia ha estado alimentada por excepcionales fenómenos naturales: el impacto de objetos gigantes, las tormentas solares, la inversión de los polos magnéticos, los huracanes, los tornados, el desplazamiento de las placas tectónicas, las erupciones volcánicas, las inundaciones, los tsunamis, las prolongadas eras de hielo; fenómenos estos que han provocado caos y destrucción, exterminado especies dominantes y permitido el protagonismo de aquellas que habían permanecido a la sombra, y así la tierra recupera su estabilidad y equilibrio.


Con la versión biológica del Big Bang, a partir de microorganismos que esconden en los espirales del ADN los códigos secretos de la vida, un buen número de animales evolucionó de anfibios a reptiles, luego a primates y después a simios, hasta el amanecer del hombre moderno hace 250.000 años.


La especie humana se fue desarrollando bajo condiciones óptimas: produjimos sonidos más complejos, comenzamos a hablar y el lenguaje facilitó la posibilidad de aprender de otras personas y se convirtió en la primera red de información. En la Edad de Piedra, por ejemplo, el fuego permitió cocer los alimentos, el lodo se convirtió en cerámica, el metal en armas y el agua en vapor. Fue la versión ancestral de la tecnología; la tierra comenzó a sentir la mano despiadada del hombre; la atmósfera «ingirió» las primeras bocanadas de dióxido de carbono y se inició el camino sin retorno del deterioro ambiental.


El mundo continuó su evolución y con los ríos, lagos, mares y valles aprendimos a cultivar sometiendo plantas y animales a nuestra voluntad, el caballo impulsó el trabajo, se tuvieron los primeros asentamientos y con ellos, las ciudades, las civilizaciones y los imperios; las escrituras, el gobierno, la política y la religión; los ejércitos y el comercio de productos e ideas.


El inglés Thomas Newcomen, con la invención de la máquina de vapor en 1712, que extraía el agua de las minas de carbón, liberó al hombre del límite de sus propios músculos e impulsó la revolución industrial que, sumada a la revolución política en Europa y América, transformó para siempre el panorama mundial: los trenes movidos por carbón retumbaban a través de las provincias; en el siglo XIX, gracias a la invención del motor de combustión interna, los alemanes ensamblaron el primer automóvil; el petróleo, que en la antigüedad se consideraba muy inflamable, se convierte hoy en el combustible más importante del planeta e impulsa aún más innovaciones; el telégrafo y el teléfono transmitían mensajes con la velocidad de un rayo y la electricidad rescató la noche de la oscuridad.


Para el siglo XX, los recursos energéticos no renovables (carbón, gas y petróleo) extendieron sus dominios, incluyendo la guerra. Fue el momento más escalofriante de la humanidad. Después de la Segunda Guerra Mundial el analista de mercados Víctor Lebow propuso la economía apoyada en el consumo. Dijo: «Nuestra economía exige que hagamos del consumo nuestro estilo de vida, que convirtamos el comprar y utilizar bienes en auténticos rituales, que busquemos nuestra satisfacción espiritual y la satisfacción del ego en el consumo […] Necesitamos que se consuman cosas, se quemen, se sustituyan y se tiren, todo ello a un ritmo cada vez más rápido». Este postulado fue aplicado de inmediato por los Estados Unidos, precedido por Eisenhower, y se dio paso, sin contemplación, a la destrucción de los recursos naturales, a la producción de sustancias tóxicas que hacen parte de la cadena alimenticia, a la contaminación ambiental, al envenenamiento del recurso hídrico, a la producción de residuos sólidos, al calentamiento global, a la pérdida de la biodiversidad, al deterioro de la capa de ozono, a la escasez de agua potable y a las enfermedades, todo lo cual conducirá inexorablemente a inundaciones, destrucción, violencia, hambruna y muerte.


ORLANDO SALGADO RAMÍREZ

www.orlandosalgado.com

osalgador@iuc.edu.co