Orlando Salgado

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Dignifica

LA DIGNIFICACIÓN DE LA PROFESIÓN DOCENTE:

BALUARTE DE UNA EDUCACIÓN DE CALIDAD



El maestro siempre ha sido un imprescindible eslabón en la génesis y desarrollo de la cultura; sus incansables pinceladas académicas y formativas esculpen con conocimiento, práctica y ejemplo las mentes de los humanos, al donarles las herramientas que les permitirá abrirse camino, satisfacer sus necesidades básicas y alcanzar una subsistencia dignificante.


En este escenario, el docente materializa la propuesta ideológica focalizada en la formación de nuevas generaciones, que perfila personas innovadoras, críticas, reflexivas y comprometidas, y canaliza las demandas políticas y sociales de un estado soberano.

Desde los primeros registros de la historia documentada, su abnegación y mística han sido exaltadas; el caso más reciente ocurrió el 28 de enero de 1886 en los Estados Unidos: la docente Christa McAuliffe, por sus logros académicos y profesionales ameritó el reconocimiento, sin precedentes, del gobierno en cabeza de Ronald Reagan al ser parte de la misión Challenger como astronauta amateur del programa Teachers in Space (Maestros en el Espacio), con el fin de revitalizar un sistema educativo debilitado y permeado por la crisis de la década de los ochenta y recuperar la confianza del decadente proyecto espacial que intentó acercar la exploración a la sociedad, vuelo que infortunadamente fracasó, pues a los 72,5 segundos de haber despegado la nave se desintegró en el aire y murieron sus siete tripulantes.


Paradójicamente, hoy estamos siendo testigos de una injusta subordinación del rol del maestro; de una posición social muy digna y una imagen fortalecida por la sabiduría y la erudición se ha pasado a un concepto desgastado por los gobiernos que con sus lesivas políticas educativas vulneran sus derechos, cuestionan su vocación y menosprecian su papel como forjador de sociedades cambiantes y progresistas.


Los resultados de las pruebas PISA aplicadas a 65 países en el 2012 que posicionaron a Colombia en los últimos lugares, pusieron nuestro sistema educativo en la cuerda floja ante la comunidad internacional y condicionaron su membresía en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). La contundente declaración de su secretario general José Ángel Gurría T: «una educación de calidad no puede estar por encima de la dignificación de la profesión docente», encendió las alarmas y repensó el discurso de los candidatos al primer órgano legislativo y de los aspirantes a ocupar la silla presidencial. Ya posesionado el reelegido mandatario colombiano, le dio prioridad y la incluyó dentro de sus tres ejes centrales de gobierno: equidad, paz y educación.

Sin embargo, esta nueva apuesta de estado que se apoyó en los estudios realizados por la Fundación Compartir está muy distante de garantizar el ejercicio de una labor docente científica y democrática, que conduzca a una auténtica dignificación centrada en facilitar ambientes agradables de aprendizaje con una coherente asignación académica y una relación alumno-maestro humanizante; evitar el hacinamiento en el aula de clase; rediseñar las políticas de inclusión pensadas en términos de infraestructura y profesionales idóneos, así como las de asignación salarial que en materia laboral contrastan con el incremento de la economía, las ganancias de las empresas y los salarios de los demás trabajadores estatales que, según los estudios de la mencionada Fundación, son superiores en un 18%; facilitar el derecho a la salud con servicios de calidad, oportunos, eficaces y con tecnología de punta, y crear condiciones favorables para la formación y profesionalización con asignación de becas, créditos blandos y reconocimiento de tiempo, estímulos y mejoramiento en las condiciones de vida de los maestros.


En esencia, la dignificación de la profesión docente debe ser un constructo colectivo que comprometa al estado, a los agentes del sistema educativo, a los medios de comunicación, a la escuela y a los mismos maestros. Sólo así se logra una educación de calidad.


ORLANDO SALGADO RAMÍREZ